Ayer lunes, cuando estaba traspasando la puerta de un edificio público bastante frecuentado y bastante conocido, oí la siguiente frase a una mujer que venía detrás mío:
Yo me quedo un momento más, que he salido a menos cuarto.
Miré mi reloj y eran las diez y once minutos. Es decir, que la funcionaria de turno quería apurar al máximo sus treinta minutos de rigor. Como un reloj. Espero que sea igual de eficiente y rigurosa a la hora de hacer su trabajo como lo es para exprimir los derechos que le debe dar el convenio. Iba con prisa, pero me arrepiento de no haberme quedado un momento para descubrir si al menos estaba aprovechando para fumar un cigarro, o si simplemente estaba pasando frío en la calle para apurar los minutos.
Por cierto, en ese edificio cierran la entrada al público a menos cuarto. ¿Porqué? Porque así se aseguran que si alguien entra justo en el último momento, tengan tiempo de despacharlo, y ellos poder acabar bien prontito (tampoco creáis que abren muy pronto). Y son rigurosos con ganas. En la semana de navidad, con lluvias y muchísimos coches en la calle (que me retrasaron sensiblemente), llegué un día corriendo como un loco desde donde pude aparcar de milagro y jugándome el partirme la crisma de un resbalón, y por llegar un minuto tarde (de reloj), la empleada de seguridad me prohibió el acceso, asegurando que pasaban varios minutos.
Así funciona el país.


